El siguiente artículo firmado por Maximiliano Bernabé ha aparecido publicado en El inconformista digital. Espero vuestros comentarios.
Contra la pedagocracia
(O donde se narra lo que me sucedió en un foro pedagógico)
por Maximiliano Bernabé
Esto es, el gobierno de psicopedagogos y demás expertos sobre el sistema de la enseñanza española, cuyo desmontaje progresivo llevan acometiendo, al menos, desde 1990, año de la promulgación de la LOGSE, Ley orgánica de ordenación general del sistema educativo. La acción de estos modernos comisarios políticos, vicarios de la destrucción de un sistema educativo que no era, de seguro, el mejor del mundo pero que funcionaba, se ha acrecentado desde hace unos meses; tras la promulgación de la LOE, Ley orgánica de la Educación, en 2007. Por ahora, el fatal rodillo que va arrasando nuestro sistema educativo y que ya dejó la enseñanza primaria con niveles culturales que rozan el subdesarrollo, está empeñado en la erradicación de cualquier atisbo de inteligencia de la secundaria. En la obligatoria ya está casi totalmente conseguido, y se procede al asalto del Bachillerato: ya se puede pasar de un curso al otro (sólo dos) hasta con cuatro asignaturas suspensas. La universidad será el siguiente paso. Tras el vaciado de contenidos ya efectuado en las diversas materias, ahora se marcha por el camino de la burocratización absurda, con el fin de alienar la actividad del profesor. Que pasen el tiempo rellenando documentos redundantes y en algunos casos ininteligibles, no vaya a ser que les dé por pensar en la utilidad de lo que están haciendo, o simplemente quieran estudiar, formarse, en disciplinas que no sean los cursillos de risoterapia y similares, en algunos casos impartidos por empresas vinculadas a o poseídas por algunos de nuestros próceres de la Psicopedagogía. Aquí todo queda en casa. Esta “burrocracia” ahora se concreta en los llamados “informes trimestrales”, que en la Enseñanza Secundaria Obligatoria son unos documentos que acompañan a los boletines de notas. En esos mamotretos de varios folios, los padres de los alumnos encontrarán muchas observaciones y recomendaciones sobre aspectos que en nada deberían competer al personal docente, desde la limpieza y olores que desprenda el alumno, a su grado de “interactuación” con sus compañeros, los “roles” que asume dentro de la clase de “ratio” variable, si se integra en grupos “inclusivos”. Sólo por citar algunos ”palabros”. Esta acumulación de memeces, entre obvias y pedantes, podría resultar hasta divertida, si no fuera porque tiene un cierto tufillo de control orwelliano de todo menos aquello para lo cual los chicos fueron al instituto, la formación, y porque en su elaboración se va ahora gran parte del tiempo de muchos departamentos didácticos. Éste es sólo un paso más hacia el predominio en las diferentes asignaturas de la doctrina sobre los contenidos. Otro aspecto de esta burocratización es la implantación en la enseñanza de procedimientos hasta ahora circunscritos a la empresa: hay que “auditarlo” todo, que en la práctica se plasma en rellenar multitud de formularios de evaluación. Esto quizá pueda ser hasta útil para controlar la producción y mecanismos de una fábrica de embutidos, por poner un ejemplo. Sin embargo, en una actividad de corte intelectual, como es la educación, a veces no se sabe lo que se evalúa si no es la pérdida de tiempo. Imaginen que cuando Julio II encargó a Miguel Ángel pintar la bóveda de la Capilla Sixtina, éste hubiese tenido que pasar más de la mitad del tiempo asignado rellenando cuestionarios sobre los pasos en los que tendría que dividir su trabajo y los procedimientos para realizarlo, y luego, a la hora de la verdad hubiera pintado apresuradamente unos mamarrachos. Pero claro, los profesores son unos vagos que tienen muchas vacaciones y ahora van a tener algo en qué ocupar su ocio. Esto es lo que acostumbra a decir un inspector educativo que yo me sé, y es una idea que ha venido propagando toda esta progresía pija, que en el seno de varios gobiernos del PSOE –nacionales y autonómicos- ha programado el desmontaje del sistema educativo. No es que el PP hiciera mucho por remediarlo cuando gobernó, mas la paternidad del desmán no se la puede disputar nadie a estos pijo-progres que parece que tramaron su siniestra reforma tras ver “El Club de los Poetas Muertos”, o alguna otra película del subgénero del profe guay que interactúa con sus alumnos díscolos. Tampoco a la cohorte de pelotas y lametresillos que les rodea. Y sobre todo a los pedagogos y expertos de jerga bizantina y vacua. Todos ellos tienen en común que tras haber casi logrado el desprestigio total del sistema público de enseñanza español, llevan a sus hijos a centros privados. Puede que lo hayan hecho todo para convertir los centros públicos en aparcamientos para pobres y quitar competidores a sus tiernos retoños. Luego, achacarán los problemas del sistema a la enseñanza de la religión católica y a la resistencia a la implantación de educación para la ciudadanía. Señores, esos son otros problemas. Uno de política exterior (renegociación de los acuerdos con el Vaticano) y el otro, de la implantación de una asignatura inane más, las “marías” de toda la vida.
Es interesante asistir a uno de los congresos que periódicamente montan estos expertos pedagogos. Esos saraos que a los sumos sacerdotes de la progresía educativa les organizan para que tanto espinazo-doblado les ría las gracias y las genialidades. Recuerdo uno al que asistí no hace mucho (tengo ese placer insano de ir a ver cómo piensa el enemigo), cuyas actividades son extrapolables a la mayoría de estos eventos. Ahora suelen comenzar con un coro que entona el tema central de “Los Chicos del Coro”. Y luego vienen los expertos. Yo tuve el placer de escuchar a la lumbrera pedagógica de la universidad de Murcia, fiel escudero de la secta pedagógica, quien en un tono avinagrado, perdonavidas, hasta chulo, comenzó soltando varias frases llenas de palabros de esos que no vienen en el Diccionario de la Real Academia, para justificarlos seguidamente con un “Es que soy de Pedagogía”. Con dos cojones, como se dice vulgarmente, pero que, por lo menos, es buen castellano. Luego continuó con un aire tétrico de comisario estalinista con que habría que plantearse poder separar del servicio a los profesores que no siguieran ciertos métodos pedagógicos.
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